Tus prioridades pueden cambiar de un momento a otro. Las cosas en las que confiabas, tu tiempo y tus espacios se modifican. Quizá uno se pueda llegar a acostumbrar, pero a veces resulta difícil no sentir que tu mundo se sacude.
En esas ocasiones varios sentimientos te invaden escalonadamente: sorpresa, incredulidad, enojo, miedo, emoción, nostalgia y quizá un poco de tristeza por lo que se pueda dejar atrás.
Sabes que las cosas nunca serán iguales (lo has vivido), pero también sabes que de algún modo, todo esto es parte de un camino que ya has recorrido varias veces.
Aprovechas para darle un vistazo a toda tu vida: lo que eres, lo que tienes, lo que has hecho y lo que esperas.
Hay cosas que sabes en tu corazón que nunca ocurrirán, por mucho que así lo desearas. Cosas que simplemente ya no dependen de ti.
Te aseguras de tener los pies en la tierra y revaloras todo lo bueno que tienes. La gente que ha estado contigo desde el principio: sin condiciones, en las buenas y en las malas, queriéndote como eres y por lo que eres, que te ha visto crecer y te ha ayudado a levantarte. Valoras como nunca tener a alguien así.
Siempre guardarás buenos recuerdos de las cosas que hiciste en esa época de tu vida, y no te lamentarás por lo que dejaste de hacer, porque sabes que al menos pusiste todo de tu parte. Te quedas con las lecciones aprendidas.
Son curiosos los sentimientos mezclados de simpatía y aversión que tienes hacia quienes pareciera que hacen lo mismo durante toda la vida y son felices con las rutinas. En cierta forma los entiendes, porque sabes que eso les da una ilusión de “seguridad”, y no de lanzarse al vacío como tu te sientes cada cierto tiempo.
¿Cuánto tiempo más puede durar esto?
¿Vale la pena?
…tu sabes que si.
…que todo es cíclico…
…hasta podría decir que lo disfrutas.
…de otro modo cambiarías tu forma de actuar.
¿o no?
…¿o no?
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